Snaketown "la cienaga de los muertos". (fragmento del original)
Era un día miércoles cuando yo David, y mis leales amigos, Gabriel y Tamy, intercambiábamos pelambres de el pueblo y nos contábamos macabras historias que se nos ocurrían en el momento, ninguna realmente daba miedo, porque no sabíamos mucho lo que era temer. Aquél pueblo no era para nada aterrador, o por lo menos así lo veíamos en ese entonces. La loma cubierta por el pasto mas verde y viscoso que te puedas imaginar, aún conservaba la frescura de la niebla que la envolvía durante la madrugada, desde aquella loma podíamos vislumbrar todo el pueblo, que era, muy pequeño, solo unas treinta familias o más, albergadas en esas costas Atlánticas. Todos se conocían, aunque siempre pasaba algo desconcertante en las relaciones de los lugareños que se volvían algo apáticos con el tiempo. Pero desde que teníamos memoria, fuimos los más alegres y revoltosos de aquellas localidades tan escondidas de Canadá, así que no nos preocupaban los asuntos de los adultos, excepto por los tópicos que se nos ocurrían en nuestras locas charlas.
-¿Porque se llamara "Snaketown"?, jamás eh, visto una serpiente aquí-. Sugirió Tamy.- En un libro de la escuela decía que los colonos que descubrieron la zona, afirmaban haber visto, una enorme serpiente que escupía fuego, y si no me equivoco por esta misma loma, eso si, si hace muchos años-. Acotó el siempre informativo Gabriel. Todos nos dimos esa mirada risueña y cómplice, luego de segundos, todos nos reíamos y mofábamos de lo dicho por mi amigo.- Para mi que vieron a la señora Ketterlan después de una de sus riñas con su suegra-. Esto fue descifrado por mi y por Gabriel, quienes no entendimos mucho de las entrecortadas palabras de Tamy en sus risitas.
Yo vivía en esa loma, mi casa estaba unos veinte metros detrás de nosotros, era una típica casa de rancho, de dos pisos, pero el techo tenia montones de artilugios hechos por mi padre para resistir el frió, los chicos se quedaban siempre a dormir, por que mi casa era la más divertida y calefaccionada. Mi padre criaba pollos, gansos, vacas, cerdos y caballos, a mi personalmente los únicos que disfrutaba eran los caballos, porque me dejaban montarlos, a mis quince años ya sabia mucho de equitación, y era un perfecto jinete a pelo. La casa era de dos pisos, hecha principalmente de madera como la mayoría en el pueblo lo eran. Mi madre nos llamó de vuelta a la casa para el almuerzo, el pelirrojo de Gabriel se cayó de bruces por correr, pero no le paso nada, yo y Tamy lo pusimos en pie, mientras el riendo quitó de su ropa el poco de barro utilizando sus manos. Al llegar a la entrada de la casa las piedras sonaban en tus pies, a cada paso, nunca me fue aclarado el porque de aquellas piedras. Cuando pisabas las tablas de la casa, crujía intensamente, era imposible pasar inadvertido. Una sopa caliente, nos reconforto bastante del terrible frió del otoño, las primeras nevazones se aprontaban a aparecer, y la primavera nos pareció fugaz, era una tierra de cuatro estaciones, aunque la falta de calor, siempre fue dominante en la región.
Durante la cena le contamos a mi madre la historia de los colonos, se mostró sorprendida y algo asustada lo que evidentemente fue muy intrigante para los tres, mi padre no venia aún porque tenía que ir al centro del pueblo a hacer unos tramites.
-Señora Hannagan, ¿Que le sucede? Preguntó Tamy muy amablemente.
-Es que, esa historia me recordó de algo bastante lamentable.
Miré menos confundido, vagas memorias de conversaciones de mi madre con parientes se vinieron a mi mente, algo sobre mi tía Ruth y un montón de estupideces sobre duendes y cuentos de habuelas, (eso eran para mi).
-¿Tiene que ver esto con la tía Ruth? Pregunte con un aspecto digno de un detective, los chicos se mostraron muy confundidos al no entender mi pregunta.
-De hecho, si tiene que ver. Algo sucedió con Ruth, vivía junto a nosotros cuando tú solo tenias meses, despertaba gritando horrorizada en las noches y con rasguños en la espalda. El psicólogo del pueblo el Dr. James, dijo que ella estaba completamente sana. Ella tenia solo dieciséis años en ese entonces, y hablaba de una visión al pernoctar, algo de un pantano escondido en el interior del "bosque de la niebla", también describió unas horribles criaturas, cosas que erizaban la piel, pero lo peor llegó en la iglesia, durante un predica de el reverendo Daniel St. Lewis, ella convulsionó y dijo una frase en un idioma indescifrable y con gritos agónicos, algo como, "Naghsherah, gralome non Calvarí tuchth", varias personas se desmayaron ese día, y luego dijeron haber visto horribles criaturas en su inconciencia. Una semana después, ella fue enviada a una institución para examinarla y mantenerla tranquila. Mi madre me dijo que ella esta bien ahora, pero que jamás volverá a este lugar.
Bueno, las palabras de mi madre me dieron una terrible sensación de angustia, soledad, y odio, atroces cosas se vinieron a mi mente cuando pronunció aquellas palabras, Tamy tenia Náuseas. Mi madre aún se tapaba la boca con su huesuda y nívea mano, sus ojos castaños brillaban con inmensas lagrimas que jamás creí ver en sus ojos, una vena en su frente se marco mucho, como lo hacia cuando ella estaba muy mal. Se disculpó y se encerró en su cuarto del segundo piso. Nosotros tres tuvimos una reunión secreta, por un lado nos aterrorizaba el tema, por otro era un oportunidad para descifrar un misterio.
-Claro que yo no me meto en ese bosque después de esa historia, no sin un arma. Aclaró Gabriel.
-Chicos, esto es más terrible de lo que imaginan, jamás me sentí tan mal antes, creó que esto necesita investigación. Fue la inusual declaración de Tamy quien no dejaba de mirar el piso, perdida en algún sombrío pensamiento.
-Esta bien, pero debemos investigar en el pueblo, Primeramente con el reverendo, es buen amigo nuestro y de seguro nos facilitará el trabajo. Propuse yo muy entusiasta, aunque era por lo general, más escéptico en temas sobrenaturales.
Pero no por mucho, las piedrecillas de la puerta frente al sillón donde nosotros estábamos, calentándonos con la chimenea, sonaron. Un sonido claro de pasos, pero no de zapatos, era como el de pesuñas de animal según mi experiencia. Todos respirábamos muy agitados, el vapor salía de nuestras bocas abiertas constantemente, las cortinas no dejaban ver a quien detrás de la puerta acechaba. Tamy vomitó, y lloraba desconsoladamente. Definitivamente alguien examinaba la puerta, respiraba como un sabueso por sus rendijas, aún sus pies sobre las piedras eran causa de ruido. Pero desperecieron corriendo, ante otro ruido, el de una camioneta, era mi padre que venia del pueblo. Todos nos sentimos más seguros, pero yo aún pensaba en que "eso", estuviera aún allí esperando a mi padre. Así que no perdí un segundo y me acerqué temeroso a la puerta, gire la manija mientras los chicos me susurraban violentamente que no lo hiciera. Abrí la puerta, como siempre sonó, pero esta ves fue mucho más tétrico que lo normal, no había nadie, mi padre, quien era relativamente joven con treinta y nueve, rubio y abrigado con esa típica ropa de los adultos, siempre tan gris y aburrida, creí que todo estaba bien, pero si ocurría algo inusual, los animales gemían en sus lenguajes como nunca, mi padre venia con una extraña expresión de profunda meditación. Fue cuando un horrible gruñido parecido al de un perro que enseña los dientes salía de la derecha, (mi casa miraba al este en su parte delantera), mire hacia aquella dirección sacando rápida, pero prudentemente mi cabeza para ver el bosque oscuro allá atrás, de donde salía el ruido que se silencio cuando yo miré, a cambio, el sonido de hojas y un trotar se perdieron en la tupida masa de arbustos. Más aún, se perdió en mi cabeza cuando fue opacado por el ruido de mi padre y su cariñoso saludo, entre las bolsas de víveres, esas bolsas de papel café, de pronto mi madre estaba detrás mió, saludo al recién llegado como siempre, con un beso, y le sirvió la comida. Este como siempre se rió con mis amigos y le subió el ánimo a Tamy quien estaba avergonzada por haber vomitado en la sala de estar. Nosotros nos sentamos a la mesa junto con él, (cosa que nunca hacíamos), y cuando vio nuestros ansiosos y perturbados rostros detuvo la cuchara súbitamente, con su rostro preparado para beber el caldo y los labios estirados, pero sus ojos mirándonos mientras el vapor proferido por la comida caliente le llenaba el rostro.
-¿Qué les ha acontecido a ustedes?, en mi vida eh, visto gente más angustiosa, hasta el diablo se sentiría acosado.
Entonces tuvo que descifrar las palabras de nosotros, incluso mi madre quien se agarro la cabeza al entender lo que decíamos, todo fue un gran bullicio de cuentos por persona muy molesto, todos hablamos al mismo tiempo.
-Ok, entiendo. Eso fue todo lo que mi padre dijo, luego fue secundado por un pequeño silencio, en el que el sonido de él plato, y la cuchara, así como el de la sopa pasando por su garganta reboto en el tenso aire de reflexión y espera de una respuesta.
R.H. Zavala
